Las ceremonias que siguieran a la celebrada por Juan, por poca gracia que me hicieran o escaso interés que me merecieran, eran el saldo que yo debía pagar por obtener la paz que buscaba al volver a Mallorca. Había empezado entonces un largo proceso durante el que, en cada uno de los salones sucesivos, todos fingirían sorpresa al toparse conmigo {por más que llevaran algo más de un mes sabiendo por los periódicos que yo había regresado a la isla y que, manteniéndome encerrado en un retiro oficial, se suponía que estaba preparándome para dar el salto que consagraría mi carrera política). Años atrás puede que hubiera desafiado a la sociedad local con mi indiferencia, jugando a ser el excéntrico por el que siempre me quise hacer pasar. Pero ahora ya no quería jugar a nada. Sólo deseaba apartar de mí los problemas y vivir sin sobresaltos los meses de paz que me quedaran, sin que me inquietaran, en silencio.

Para esta primera cena, Juan había escogido el lugar y los comensales con arreglo a lo que exigía nuestra tradición. No me sorprendió en ninguna de las dos cosas.

La casa que tiene en la plaza Maior de Selva (un pequeño pueblo que se encuentra en el centro de la isla, a menos de una legua de Inca) es tan típica de Mallorca y de su burguesía acomodada que difícilmente puede encontrarse nada más ilustrativo.

La plaza es un amplio rectángulo de cemento bordeado por calle. Tres de sus lados tienen una configuración muy definida: en uno están la iglesia, con la espectacular escalinata por la que se accede a ella, y la casa del párroco; en el frente se encuentra el ayuntamiento y, por fin, en el lado opuesto a la iglesia, está la casa de Juan.



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