
Había estado lloviendo durante toda la anochecida y quedaban grandes charcos aquí y allá sobre el asfalto de la calle y debajo de la gran arboleda. Pero el aire se había limpiado y no hacía frío pese a lo temprano de la fecha. De parte a parte de la plaza colgaban largos cables que sustentaban grandes estrellas hechas con bombillas multicolores y un cartel que rezaba «Bones festes». A aquella hora, serían las nueve de la noche, circulaba poca gente por el lugar; sólo unos cuantos jóvenes que iban bromeando entre ellos y riendo y dándose empujones.
Que Juan escogiera Selva como lugar en el cual debía producirse el rito iniciático de mi readmisión indicaba, por encima de todas las cosas, que me acogían ya sin reservas en Mallorca y no solamente en Lluc Alcari, en la intimidad de un pueblo lejano de la sierra profunda y no sólo en la superficialidad frívola de la buena sociedad. ¡Cuántas cosas me habían sido perdonadas entonces! Hasta los delitos peores (y algo tontos en mi opinión), esos que me habían tenido alejado tantos años, la muerte de mi padre y, sobre todo, mi traición a la pandilla y a Marga.
En la casa de la plaza Maior que yo conocía tan bien, viejo edificio de piedra decorado con maderas nobles, estuco y baldosa, me esperaban, lo supe en cuanto Juan me llamó para ir a cenar a Selva, por supuesto mi hermana Sonia, que para eso era la anfitriona; Biel y Carmen Santesmases; Jaume y Alicia Bonnín; Marga, que, aún bella como ninguna, me miraría con sus ojos violeta oscuro, rígidamente estirada, dolorosamente hostil; Andresito y Lucía Forteza; Domingo y Elena, y Javier, mi hermano, más increíblemente guapo que nunca.
