Se encontraban en la sala que está al nivel de la calle, un saloncito con chimenea de altas paredes encaladas, maderas de mongoy oscuro y ángulos isabelinos. Estaban todos alrededor del fuego, unos de pie y otros sentados sobre los dos tresillos de respaldo de caoba y asientos de tela mallorquina estampada, de la que llaman «de lenguas», con los colores de brillante azul y hueso opaco. Hablaban, hasta que se abrió la puerta de la calle y entré en la salita, en voz muy alta, riendo fuertemente con las bromas de Jaume o con las ocurrencias de Lucía Forteza.

En el mismo momento en que los vi a todos en el fondo del aposento, aunque los hubiera ido viendo uno a uno a lo largo de las pocas semanas anteriores, los reconocí como grupo, les reconocí la ropa, la postura, el gesto. Y de golpe me pareció que, habiendo dado un gran salto hacia atrás en el tiempo, simplemente me encontraba llegando a la casa de Selva diez, doce, veinte años antes. Cuando entré bebían cava en unas delicadísimas flautas de cristal de Bohemia que, ironías de la vida, muchos años antes le había traído yo a Marga de uno de mis viajes a Praga.

Quedaron suspendidos en el espacio, inmovilizados de golpe por mi llegada, quietos durante la fracción de tiempo que necesité para hacerles una fotografía con la memoria: míos de inmediato. Tan estáticos pero tan vivos como los personajes de un cuadro pintado por Sorolla a principio de siglo, con sus pinceladas de blancos del Mediterráneo en Valencia, de verdes de los valles santanderinos, de luz cálida y muy azul, y sus encajes delicadamente ensombrecidos o sus camisas de algodón recién almidonado con olor a lavanda; un brazo desnudo, un escote en violento y luminoso escorzo cargando la escena de sensualidad. Desplazados del centro imaginario del lienzo (como habría mandado el orden de la composición estética), sus facciones, delgadas y angulosas o placenteramente redondas en el caso de Andresito, pero siempre aristocráticas, habían sido sorprendidas en un momento de abandonada elegancia, de liviana impertinencia.



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