
Hubo un instante de silencio. Luego, Juan se volvió sonriendo y dijo:
– ¡Bueno, el hijo pródigo! Pasa, hombre, pasa… como si no conocieras esta vieja casa. ¡Venga!
Y de pronto me rodearon todos para reconocerme, darme palmadas, reír y saludar campechanamente. Marga fue la última en acercarse. Lo hizo despacio, como si, retenida por su rencor, tuviera que vencer la fuerza de un imán para conseguir aproximarse a nosotros.
Iba vestida de negro y, como siempre, severamente peinada con un sobrio moño que yo recordaba haber deshecho con travesura sensual una noche de hacía mucho tiempo. Entonces, libre de todo por un momento, había sonreído, había gritado sin contenerse y me había agarrado por las orejas y los costados de la cara para sacudirme, casi como si, al renacer repentinamente a tanto apasionamiento, hubiera extraviado la razón. Recuerdo bien aquel atardecer de verano en la carretera que nos llevaba a Selva. Nos íbamos empapando de la luz que se escondía aquí y allá detrás de los cipreses. Y más tarde, en la casa, cenando a solas, ella y yo como si fuera a durarnos siempre. Y luego en su habitación. Debajo de la camisola de lino, a Marga se le habían puesto los pechos duros como cristales.
Por eso no podía sorprenderme la hostilidad de Marga: yo le había despreciado tanto los sentimientos en aquellos días ya lejanos, que había quedado cristalizado su rencor. De la noche a la mañana le había obligado a controlar la pasión que llevaba apenas disimulada tras su aire altanero y su solemnidad. Se le tuvo que desgarrar la entraña, como cuando alguien que pretende levantar del suelo un peso excesivo se produce una hernia grande que le revienta el intestino. Ahora sé que debió de ser un milagro que no le estallara una de las venas que lleva enroscadas por los tendones del cuello. La sangre debía de correrle espesa, como veneno. Y, por fin, creo, se había puesto a odiarme y había trasladado a otro su capacidad de amarme.
