Hoy, el pelo de sus sienes, fuertemente apretado, parecía, como siempre, estar tirando de sus ojos hacia atrás, achinándolos en estanques interminables que se desaguaran hacia el misterio y que la luz del atardecer hubiera hecho malva.

Le cogí la mano derecha entre las mías, como tantas otras veces, y se la besé. No dijo nada. Ni siquiera hizo ademán de retirarla.

– Enhorabuena, Marga -Sonreí-. Te llevas una buena pieza, ¿eh, Javier? -añadí mirando a mi hermano-. Lo mejor de la familia. -Y los dedos de Marga se ablandaron de pronto, como si se les hubieran fundido los huesos, y su mano se escurrió de entre las mías, como arena.

– ¡Qué bárbaro! ¡Pero si estás igual que siempre! -dijo Lucía-. Te has hecho un lifting, seguro.

– ¿A la edad que tenemos? Venga, Lucía. ¿Ya estás pensando en eso? Mujer, no tienes ni una arruga -contesté-. Es más, no la tendrás nunca a juzgar por cómo lo llevas, ¿no? Porque hay que verte. Se diría que tienes quince años.

Rieron todos. Hasta Marga sonrió echando la cabeza hacia atrás.

– Va, va, bromista.

– Ven aquí, Javier, anda, que estás hecho un querubín. ¿No te dije ayer que te cortaras el pelo? -Mi hermano se acercó sonriendo con timidez, como hacía siempre, y le pasé el brazo por la espalda hasta agarrarle el bíceps. Se lo apreté fuerte y le sacudí con cariño-. ¡Eh, tú! Que esta cena no es para mí ni para estas tonterías de mi regreso, es para ti, hombre, que te casas porque quieres y has encontrado la felicidad, ¿eh? -Miré a Marga y luego a Elena, mi ex cuñada. Elena sonrió y se encogió de hombros.

– La verdad es que sí -dijo Javier con su voz suave. Apartándose un poco de mí, se pasó la mano abierta, con los dedos bien separados, por el pelo que le caía sobre la frente en una gran onda dorada. Me miró y no dijo más.



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