En el interior de la iglesia, igual que antes en la calle, se encendían los fogonazos de los flashes de los fotógrafos que retrataban sin discriminación a todo el que se moviera. Y los invitados se detenían un instante, aparentando indiferencia, para hacer un comentario jocoso que pudiera ser fotografiado como si a ellos les trajera sin cuidado. Allí estaban, procurando ser vistos y sin atender a lo que sucedía a su alrededor.

A todos les pasó por encima la homilía de don Pedro. No la escucharon siquiera y, así, se perdieron uno de los grandes y más amargos momentos del año.

– ¡La felicidad no existe! -gritó de pronto don Pedro-. Ninguno de vosotros sabe, ni siquiera vosotros… -bajó la mirada hacia Marga y Javier y los apuntó con la mano derecha. Ellos seguían inmóviles, como si manteniendo la quietud pudieran escapar a las increpaciones de quien estaba ahí para casarlos, por más que, oyéndole, se hubiera dicho que estaba para maldecirlos-. Ni siquiera vosotros sabéis lo que es la verdadera felicidad, de qué pasta está hecha. Y, puesto que no lo sabéis, para vosotros no existe…

– Fíjate bien en lo que está diciendo -murmuró Jaume en mi oído-, fíjate bien y luego busca las explicaciones en lo que sabes, en todo lo que has vivido en estos años, y comprenderás… -Se echó hacia atrás, mirándome de hito en hito, triunfante; medio sonreía y en sus ojos muy negros había un brillo, tal vez travieso, tal vez perverso o de revancha, no sé-. ¿No lo ves?

Moví la cabeza de derecha a izquierda muy despacio. Luego fijé la vista en don Pedro, que gesticulaba frente al altar mayor. Y luego volví a mirar a Jaume. Levantó las cejas al tiempo que asentía.

– ¿Lo ves?

Sonrió.

II

Siempre fue un viejo torreón derruido en medio de un olivar.



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