
A principios del otoño la corte viajaba a Europa, pero cuando llegaba el otoño de verdad, el ballet, la ópera, el teatro francés empezaban otra vez para adornar los escenarios, y su público volvía y empezaba una vez más a poblar las plateas y los palcos de terciopelo azul y a aplaudir el arte que nosotros, actores, bailarines y músicos perfeccionábamos solo para ellos. Durante mi época había diecinueve cortes en Petersburgo: la del zar, la de su madre y diecisiete grandes cortes ducales; varios miles de personas, contando a todos los miembros de la familia y a los cortesanos, y esos aristócratas, junto con los embajadores y el cuerpo diplomático y la Guardia, y de vez en cuando la nobleza provinciana, acudían a los teatros cada noche durante la estación. Deben recordar ustedes que no existía la televisión, ni la radio, ni el cine; los días del invierno ruso son muy cortos, y hay muchísimas horas de oscuridad que llenar. Los Teatros Imperiales montaban obras teatrales, óperas, operetas, conciertos y ballets, y de estas representaciones del Mariinski, cincuenta eran de ballet, y de ellas, cuarenta eran solo por suscripción. Correspondía al director de los Teatros Imperiales, Iván Alexándrovich Vzevolozhski, aristócrata a su vez que podía remontar su linaje a Riúrik y los príncipes de Smolensko, supervisar la producción de todas aquellas diversiones, y a Marius Petipa, el bailarín francés que llegó a Petersburgo en 1847 y consiguió abrirse camino y suceder a St. Léon como maestro de baile del Ballet Imperial, crear todos los
pas para ellos. Le ayudaba el segundo maestro de ballet, Lev Ivánov, que se había convertido en amigo de la familia y a quien encantaban los platos de mi padre, y desplegaba su servilleta de lino y decía: «comamos un poquito», pero nunca se le reconoció mérito alguno por su trabajo, ya que era un ruso en una corte francófila. M. Vzevolozhski prefería los teatros de Petersburgo a los de Moscú. ¿Por qué no? La corte, después de todo, estaba allí.