En el Mariinski uno veía las mismas caras noche tras noche. Éramos como una familia, enfrentándonos unos a otros a través de las candilejas, unas relaciones muy vocales, porque los balletómanos nos interpelaban libremente, «venga, Mala», o «más papeles para Tata», para que bailásemos con más entusiasmo o para que los directores recompensaran algún talento excepcional. Y, por supuesto, también había abucheos y silbidos. Fue el gran interés de la corte lo que condujo finalmente a que el gran Chaikovski compusiera para ballet, y al florecimiento del arte. Cuando me hice famosa, iba posponiendo mi regreso a los escenarios cada vez más y más en la temporada, hasta los meses más prestigiosos de diciembre y enero, como si yo también fuese una aristócrata que acabase de volver de Europa. Pero para eso aún falta. En este momento tengo aún diecisiete años.

Alejandro III, el día de mi graduación, me aleccionó: «Debes ser la gloria y el embellecimiento de nuestro ballet». Y eso había decidido ser yo, e igual que había conseguido el primer premio de nuestra escuela, también decidí conseguir el primer premio fuera de ella: al zarevich. Me costó tanto arreglarme aquella tarde de abril que casi perdí la oportunidad de acompañarle en su paseo. Ahora todo el mundo lleva el pelo largo y liso, con raya en medio, hay una generación de chicas que se peinan como niñas de guardería, pero en 1890 llevábamos el cabello muy rizado, humedecido con agua azucarada y envuelto en torno a unos papeles para rizarlo, y pasábamos horas sujetándolo para que se secara. Yo llevaba una cascada de rizos encima de la frente, unos tirabuzones que me caían delante de las orejas, y aquel día vestía una blusa con volantes y doble largo de brocado cerrada en el cuello por un broche. Me puse un poquito de perfume de violeta detrás de las orejas (porque en 1890 todas las aguas de colonia eran solo de una flor cada una), y con ese traje de señorita, y mis ropas escolares guardadas



14 из 410