Tenía talento como artista, ¿saben? Había aprendido a manejar los pinceles y las acuarelas con Kyril Lemoj, el conservador artístico del Museo Ruso de Alejandro III. Pintaba paisajes. Yo vi unos pocos. En uno de los bocetos no había figura alguna, solo un árbol, un campo, una carretera de tierra roja que brillaba como el ladrillo bajo el sol. En otra, un barquito pequeño de madera acababa de alejarse de la orilla y se podía ver a una figura solitaria agachada en su interior, dos hombres en el borde mismo de la tierra, que se suponía que habían empujado el barquito hacia el agua para su amigo, y un puñado de abedules altos, muy altos, al fondo, que empequeñecían a todos. Eran cuadros de un muchacho que amaba la naturaleza y que en ella encontraba un lugar donde un zar no era un gigante, sino, sencillamente, una parte de un conjunto mucho mayor. Pero Niki abandonó la pintura, sin hacer más que algún boceto en su libreta de recuerdos de los regalos que le daban. Y más tarde, supongo, los uniformes se convirtieron en el papel en el cual dibujaba.

Ese gran despliegue en la vasta llanura de Krasnoye Seló resplandecía con el calor de finales de julio. Las oleadas ardientes se calmaban solo cuando alcanzaban los bosques y colinas que marcaban las fronteras del enorme espacio herbáceo, el cual servía como escenario para la marcha de precisión, las medidas vueltas y ataques con sable y bayoneta. La élite de la sociedad petersburguesa apareció allí para la Gran Revista, sentados todos en sus graderías a la sombra de unos árboles; las mujeres con vestidos blancos de verano, con sus sombreros y parasoles hinchados por la brisa, ondulando como las hojas y amentos de los abedules que estaban por encima de ellos. Los ministros de la corte estaban de pie con sus faldones y sus chisteras junto a las tiendas del Montículo del Emperador, y el zar, la emperatriz y los grandes duques y duquesas inspeccionaban las tropas desde sus caballos y sus carruajes; luego se unieron a los ministros e inspeccionaron las filas y filas de hombres que llenaban la llanura, marchando al unísono, con los estandartes bien altos.



17 из 410