
No, aquel verano de 1892, en Krasnoye Seló, aquellos actores permanecían erguidos en la gran llanura, representando batallas que nunca perdían.
Sin embargo no bastaba con aquel teatro. Tenía que haber entretenimiento nocturno también.
De modo que se construyó un teatro de madera al estilo ruso en Krasnoye Seló, tan grande como el Mijáilovski en Peter, un lugar hermoso, con galerías vestidas con colgaduras de seda rayada y volantes llenos de borlas, en el que los artistas actuábamos dos veces a la semana durante julio y la primera parte de agosto, cuando los grandes duques y el emperador y su familia venían al campamento, dejando atrás sus palacios de mármol para establecerse en las graciosas villas de madera con entoldados de lona y amplias verandas. Por las noches, todos los artistas de teatro permanecíamos firmes en las ventanas del mismo que daban a la entrada privada imperial, para saludar al séquito imperial mientras iban desembarcando de sus landós y sus troikas. Los hombres llevaban toda la parafernalia militar incluso al teatro. Los grandes duques se sentaban todos en la primera fila; en la segunda y tercera se situaban los oficiales, con las damas después y los oficiales de menor graduación detrás, y en unos palcos situados enfrente unos de otros se colocaban la familia imperial y las familias de los ministros de la corte y de los militares. Para hacer los giros yo solía fijar la vista en las medallas y condecoraciones que brillaban en el pecho de los hombres.
