
Los grandes duques, el emperador y el zarevich siempre pasaban después de comer a charlar con los bailarines o a ver los ensayos, y subían al escenario entre los diversos entretenimientos de la velada, primero una comedia y luego un divertimento de ballet, para saludar a todos los que actuaban. Una gran belleza, algo que yo no poseía, podía dar forma a tu destino. Y por tanto, yo trabajaba mucho más aún para realzar la mía, con mis lindas manos, mis pies pequeñitos y mi conversación vivaz y animada. Como mi padre, siempre he sido muy alegre, con el don de hacer que los que están a mi alrededor también lo estén. Y por eso Nicolás se vio atraído finalmente hacia mí, por mi encanto. Me buscaba al salir del escenario y se quedaba de pie al sol para hablar conmigo, enseñando sus blancos dientes al oír mis bromas, mientras yo intentaba esconder los míos, torcidos. A veces le tocaba un botón de la casaca o me levantaba en pointe o hacía volar pájaros con mis manos, en mi arrobo al estar tan cerca de él. Había observado que Niki parecía mucho más a gusto con aquellos que estaban siempre felices, como nosotros, los artistas de teatro, o como sus primos alborotadores, los Mijaílovich, o sus compañeros oficiales en el campamento, con los cuales Niki bebía hasta emborracharse y hasta que todos jugaban a «los lobos», un juego que implicaba arrastrarse desnudos por la hierba, aullando y mordiéndose unos a otros, y luego beber a cuatro patas de unas tinas de champán y vodka que sus serviciales criados levantaban para el placer de sus jóvenes amos. Una tarde, en mis prisas por no perderme la oportunidad de conversar con él antes del ensayo, di en el pequeño escenario con el vientre uniformado del propio emperador, que echó una mirada a mi rostro sonrojado y dijo:
– Seguro que has estado flirteando…
Pero estaba equivocado. ¡Tenía prisa por ponerme a ello! Mis breves momentos con el zarevich en el campamento eran más importantes para mí que la actuación de la noche, y aún eran lo único que tenía de él.
