
Pero no solo conversaba con Nicolás, porque, ¿dónde iba a encontrar a tantos hombres Románov reunidos en un solo lugar al que tuviera acceso? Intenté encandilar a todos los que tuvieran título (¿quién sabe el uso que podrían tener algún día para mí?), incluido el Gran Duque Vladímir, uno de los muchos tíos de Niki, que sirvió como ministro de los Teatros Imperiales y que era un gran amante de las artes. Era ya viejo, pero aun así valioso, dada su posición. Él venía a sentarse a mi camerino y me visitaba mientras yo me pintaba los labios de rojo. No hablaba, más bien atronaba dondequiera que iba, y en todo el teatro se podía oír su vozarrón desde el palco mientras comentaba cosas sobre las bailarinas.
– ¿Qué es eso? ¿Qué es eso? ¿Un gorrión? -gritaba al ver aparecer a una chica muy joven y delgada, pobrecilla, dando unos cuantos pasos endebles. O aullaba cuando caía el telón sobre el primer acto de un ballet que no le gustaba-: ¡Vámonos a casa!
Vladímir creía que debía ser zar en lugar de gran duque, y actuaba como un zar a pesar del orden de nacimiento que había llevado a su hermano Alejandro al trono. La esposa de Vladímir, Miechen, segunda mujer en rango del Imperio, se comportaba también como una zarina. Su venta benéfica anual de Navidad en el Salón de los Nobles anunciaba la temporada vacacional en Peter. Emperatriz Vladímir, la llamaba la madre de Niki, mordaz. El día que el tren del zar descarriló en 1888 y casi aplastó a la familia imperial mientras se estaban comiendo un budín de chocolate en el coche-restaurante fue un día cercano al triunfo para Vladímir.
– Nunca volveremos a tener una oportunidad como esta -susurró indiscreta Miechen a sus amigos de la corte. En Krasnoye Seló, Vladímir me dio una foto suya para que la colocase en mi camerino. Sí, la familia imperial firmaba fotos suyas para sus íntimos, igual que hacen las estrellas de cine para sus fans hoy en día, y en la mía, Vladímir escribió las palabras «Bonjour, douchka», que significa «cariñito», y suspiraba diciendo que era demasiado viejo para mí.
