
Es verdad que era demasiado viejo para mí, pero Niki no, y justo cuando parecía que mi apasionado flirteo de dos semanas con Niki el húsar -antes de que el tren programado me llevase a treinta verstas, de vuelta a Peter- había fracasado sin conseguir el efecto deseado, y solo faltaba una semana de maniobras, de repente me pidió que le esperase en la alameda que había tras el teatro, después de una representación, aquella noche de agosto. Quería volver por donde había venido a su villa después de cenar para llevarme a dar un paseo en troika. ¿Tengo que decir cuál fue mi respuesta? ¿Qué había inspirado aquel súbito y poco habitual atrevimiento por su parte? Yo le había visto mirándome con especial interés desde el palco imperial, que en aquel teatro estaba diseñado para que pareciese un sombrero de campesino ruso. Debió de ser mi traje de tul de aquella noche, con el corpiño bordado con dos grandes flores que quedaban encima de cada uno de mis pechos; o quizá lo que bailé, porque mientras las otras chicas aquella noche habían representado a una bandada de aves o un cardumen de peces, a mí me habían concedido el adagio, el dueto amoroso, con las manos tiernamente colocadas encima de los antebrazos y hombros de mi caballero. Recuerdo que cuando me llegó la invitación de Niki, me costó mucho atarme el fajín de mi vestido blanco de verano y prepararme en mi camerino aquella noche, y que el pelo se me alborotaba, apartado de la cara como la peluca loca del doctor Coppelius. El pasadizo cubierto hacia el teatro estaba desierto cuando salí, la mayoría de los bailarines ya habían abordado el tren de vuelta a casa hacia la capital y el teatro mismo se había quedado oscuro. Un latido diminuto aleteaba en la base de mi garganta.
