
¿Y si él no venía a buscarme? Tendría que ir andando hasta la villa donde mi hermana mayor, Julia, que también era bailarina, conversaba con su galán, y llorar ante ella como una niña diciéndole que había perdido el tren. Fui pues a la alameda con algo de inquietud, y allí me quedé sola, intentando arreglar un poco todas mis cosas, incluidas las emociones, que estaban muy alteradas. Esperé. Ante mí se abría el paseo arenoso y amarillo, que ahora se había vuelto oscuro y granuloso, vacío, hacia la nada. En el parque y el jardín que había junto al teatro los insectos veraniegos formaban oleadas de sonidos, que llegaban al cénit y luego bajaban. Muchas son las estrellas de la noche rusa, y allí, a veinticinco kilómetros de la capital, el cielo era una llanura surcada de estrellas por encima de la tierra estéril y difícil de abajo. Al final oí las campanillas de una troika y ante aquel sonido fui lo suficientemente sensata como para sentir un poco de temor premonitorio. ¿En qué viaje me estaba embarcando, y qué consecuencias tendría? Pero no podía retroceder, no debía retroceder. Apareció la troika, las linternas que pendían de esta hacían temblar las estrellas del cielo y las arremolinaban todas en torno al zarevich, que resplandecía como un santo en un iconostasio. Me tendió una mano, con una sonrisa, me ayudó a subir al asiento que estaba junto a él e iniciamos nuestro veloz viaje, conduciendo aquella troika a través de los campos de maniobras y del pequeño pueblo donde todas las calles y vías públicas estaban vacías, como por decreto. Esas calles, ese pueblo, esas ciudades, la propia Rusia, una sexta parte de la masa terrestre, le pertenecían a él (o pronto le pertenecerían), y cuando estaba a su lado, me pertenecían a mí también. Lo que exhibía aquella noche ante mí, cuando me conducía a través de la llanura, o me «raptaba», como leí más tarde en su diario, ¿qué era, el campo o él mismo?
No es fácil conducir una troika, no sé si lo saben.