
De los tres caballos, solo el de en medio lleva riendas, y es precisa toda la fuerza y destreza del conductor para girar bien. A los rusos nos encanta la velocidad, y Nicolás estaba haciendo ostentación de su destreza en la carrera de obstáculos del pueblo, en la extensión oscura del campo de desfiles. «Él» quería impresionarme a «mí». Me sonrió sin apartar sus ojos brillantes de los caballos, de la carretera amarilla y polvorienta, enjuagada a lo largo de todo el día por barriles de agua traídos desde el río Ligovka en carromatos de caballos, humedecidas ahora por el relente nocturno. Yo era ahora la que me mostraba demasiado tímida para mirarle a «él», aunque le atisbaba de reojo. Y puedo asegurarles esto: toda la belleza de la familia se concentraba en Niki, quien no tenía la nariz chata ni los ojos saltones de su hermana Xenia, ni la cara consumida como de vaca de su hermana Olga. Ninguna foto hace justicia al equilibrio y la nobleza de su rostro. Y aquellos ojos… nadie que veía aquellos ojos de un azul pálido podía olvidarlos. Pero estos eran algo más que una herramienta de seducción: los usaba para taladrar el alma. Si yo tenía los ojos de un hada, los suyos eran los de un dios.
El país creía, como ya sabrán, que sus zares eran divinos.
Acabamos en la villa del pretendiente de mi hermana, Ali, después de todo, a primeras horas de la mañana. Él compartía la villa con su amigo Schlitter, un compañero oficial, y vaya entrada la que hice yo allí, del brazo del zarevich… No como la hermanita pequeña gimoteante que había perdido el tren, sino como Venus triunfante. Los cinco cenamos y luego reímos durante horas. Schlitter ponía carga larga y decía:
– Ni vela para Dios ni atizador para el demonio.
Porque él era el único hombre que no tenía mujer. Aquella ocurrencia me gustó mucho, ya que significaba que el zarevich formaba pareja conmigo.
Al menos durante un momento.
Oí decir que en los primeros meses de su matrimonio invernal con Alix, Niki la llevó también a dar paseos nocturnos en un trineo a través de las calles de Petersburgo, y por encima del helado Neva.