¿Qué tipo de esposa habría sido yo para él? ¿Habría compartido su futuro, la prisión y una muerte de mártir?


Esto sí que puedo asegurárselo: si yo hubiera sido su mujer, ese no habría sido su futuro.

El talento de nuestra familia eran nuestros diamantes, nuestros rubíes, nuestras perlas

Mi madre se casó dos veces, y antes, durante unos pocos años, fue bailarina. Era miembro del corps de ballet, una de las chicas que formaban la fila del fondo del escenario, una «chica al lado del agua», como las llamábamos: las de la categoría más baja que estaban siempre en la parte de atrás, rozando con los omoplatos alguna pieza del decorado en la que inevitablemente se había pintado un gran lago. Mi madre, Julia, dejó el teatro para casarse y tener una familia, y cuando murió su primer esposo, Ledé, se casó con mi padre, Félix. Era lo bastante guapa para haberse casado todas las veces que hubiese querido, con un rostro redondo y los ojos suaves. En la foto suya que guardo junto a mi cama lleva el cabello arreglado con tirabuzones, la frente despejada y una trenza como una corona sujetándolo todo. Ella amó mucho a sus dos maridos, y con ellos tuvo trece hijos, cuatro de ellos de mi padre. Yo era la menor.

Mi padre era famoso sobre todo por su mazurca. Los polacos bailan la mazurca de dos maneras: una para los caballeros, con movimientos elegantes, y la otra como los campesinos, golpeando con los pies en el suelo, sin deslizarse con suavidad y arrojando los sombreros al aire. Sí, el bisabuelo de Niki, Nicolás I, vio bailar la mazurca a mi padre y quiso tenerlo para él solo. En el escenario ruso, mi padre interpretó para él no solo la mazurca, sino también los principales papeles de nuestros ballets durante los sesenta años siguientes, y su carrera duró tres veces lo que la de la mayoría de los bailarines.



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