En el Ballet Imperial cultivábamos dos tipos de bailarines: clásicos y de carácter. Ahora, por supuesto, ninguna compañía puede permitirse hacer eso, tienen un pequeño número de bailarines clásicos, muchos menos de cien, y cuando montan grandes ballets el escenario está muy vacío. Pero entonces, con los fondos del zar, ah, sí, teníamos muchísimos bailarines, tanto clásicos como de carácter, ambos tipos celebrados por el público y el emperador. A veces éramos más de doscientos apiñados en el escenario, y si se necesitaban aún más cuerpos, el zar nos prestaba a alguno de sus regimientos. Mi padre no solo era un gran bailarín, sino un gran actor y un gran cómico. Con su amigo, el bailarín Timofei Stukolkin, cuando interpretaban a los cacos de Los dos ladrones, no solo corrían por el escenario, sino que incluso trepaban por el foso de la orquesta mientras el público se reía a carcajadas. Cuando yo era muy pequeña, mi padre me llevó a una función de tarde para que le viera bailar en el Bolshói, en Petersburgo. Ya me gustaba mucho el teatro y suplicaba que me dejaran ir. Si mi padre no me llevaba, yo lloraba. Si lo hacía, se quejaba de que después no dormía en toda la noche. Yo daba la lata a mi madre para que me hiciera un traje de ballet, y así poder bailar y posar ante los espejos de nuestra sala de baile, donde mi padre daba las lecciones de mazurca. En ocasiones él cedía y me llevaba al teatro. Recuerdo la primera vez, una sesión de tarde. Como hoy en día, estas estaban repletas de niños con sus cuidadoras y ancianas con sus impertinentes. Yo tuve el privilegio de sentarme en uno de los palcos de los artistas, entre bastidores, un lugar muy especial desde el cual podía ver no solo la acción de la función, sino también la del entreacto, cuando caía el telón y tras él los tramoyistas bajaban el siguiente escenario y levantaban el primero, y se barría y fregaba el suelo y los ayudantes de camerino daban puntadas al tirante roto de un vestido mientras la persona que lo llevaba se agitaba, impaciente.


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