
Yo no era una estudiante interna. Mi padre era un artista laureado de los Teatros Imperiales que llegó a San Petersburgo con Nicolás I, a quien le gustaba ver el escenario repleto de bailarines casi tanto como le gustaba ver el campo de maniobras lleno de bayonetas. Y mi padre usó su influencia para ahorrarme aquella vida escolar tan espartana, tan poco en consonancia con la efervescencia del teatro auténtico, al que pronto serviríamos. No quería que rompieran mi espíritu. Y quizá fue ese su error.
Sin embargo, mientras vivíamos ya fuera en casa, ya en la escuela, nuestra virginidad era cuidadosamente preservada hasta el día de nuestra graduación, y entonces se ofrecía. Embutidas en vestidos que exponían nuestros cuellos, brazos, pecho y piernas, decorábamos el escenario para el placer de la corte, todos aquellos aristocráticos balletómanos que dejaban en herencia a sus hijos su suscripción junto con sus títulos, que se sentaban en los palcos y las primeras filas de platea de los teatros imperiales para tener la mejor vista, y apuntaban con sus impertinentes o sus anteojos de ópera hacia nosotras.
