
Había dejado de rumiar y toda ella era un lago de paz y desmemoria.
Cuando volvieron a España se enamoró como desde siempre de un tal Felipe al que le gusta el mar y la cocina, de un editor que habla ronco como las olas y de la terca pasión por Argentina que tiene en las mejillas el nuevo habitante de su embajada. Luego, de paso por Jaén y sus aceituneros altivos, tomó litros de aceite de oliva, mordió los duraznos más tersos que había visto y descubrió sin sorpresa, en un encuentro feminista, que las mujeres enamoradas de mujeres se ríen como comadres y por lo mismo se antoja enamorarse de ellas. Lo cual no dice nada más de lo que dice: ni que al congreso en torno a María Zambrano y el exilio interior hayan ido sólo mujeres homosexuales ni que no sea una dicha conocerlas. Ella y las hermanas se enamoraron del congreso, del paisaje y de la atolondrada timidez con que se iba perdiendo, en cada esquina, el taxista que las llevó de vuelta hasta Madrid.
El último día fueron de compras al Corte Inglés: Clemencia se compró ahí dos pañuelos italianos y las hermanas se compraron trescientos. Porque con eso de la Europa unida eran ahí más baratos que en Venecia y aunque nadie lo crea eran más bonitos.
Siempre se vuelve uno mejor cuando anda fuera. Hasta siendo pañuelo de cachemira, pensó Clemencia cuando iban en el aire de regreso a la patria y a su marido y a los amores de las dos hermanas.
