Y lo más importante, se olvidó de rumiar: ¿Qué ropa se pondrían aquellas damas? ¿Qué tan damas serían? ¿La del cuerpo flexible habría ido a colegio trilingüe? ¿Con qué se emborrachaban y a dónde las cargaban? ¿Y quién y cuándo y cómo? ¿Y de qué color podrían ser sus pantuflas? ¿De qué genuina densidad sus vellos púbicos? ¿Cuan largos y frecuentes los gritos de un hallazgo? ¿Qué tan fácil o difícil hallarles el hallazgo? Y ¿en dónde exactamente tenía cada una el clítoris? Porque eso sí es dogma de fe: ninguna mujer tiene el clítoris en el mismo lugar, y muchas lo tienen cada vez en un pliegue distinto.

Había dejado de rumiar y toda ella era un lago de paz y desmemoria.

Cuando volvieron a España se enamoró como desde siempre de un tal Felipe al que le gusta el mar y la cocina, de un editor que habla ronco como las olas y de la terca pasión por Argentina que tiene en las mejillas el nuevo habitante de su embajada. Luego, de paso por Jaén y sus aceituneros altivos, tomó litros de aceite de oliva, mordió los duraznos más tersos que había visto y descubrió sin sorpresa, en un encuentro feminista, que las mujeres enamoradas de mujeres se ríen como comadres y por lo mismo se antoja enamorarse de ellas. Lo cual no dice nada más de lo que dice: ni que al congreso en torno a María Zambrano y el exilio interior hayan ido sólo mujeres homosexuales ni que no sea una dicha conocerlas. Ella y las hermanas se enamoraron del congreso, del paisaje y de la atolondrada timidez con que se iba perdiendo, en cada esquina, el taxista que las llevó de vuelta hasta Madrid.

El último día fueron de compras al Corte Inglés: Clemencia se compró ahí dos pañuelos italianos y las hermanas se compraron trescientos. Porque con eso de la Europa unida eran ahí más baratos que en Venecia y aunque nadie lo crea eran más bonitos.

Siempre se vuelve uno mejor cuando anda fuera. Hasta siendo pañuelo de cachemira, pensó Clemencia cuando iban en el aire de regreso a la patria y a su marido y a los amores de las dos hermanas.



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