Porque turismo hacemos todos en Venecia, tal vez incluso las palomas. Por más que las tres damas de nuestra historia se creyeran más arraigadas en el palacio de los Dogos que el dueño de una tienda de Murano diciendo muy solemne: Yo no vengo de una familia con abolengo en el Venetto. Mis antepasados apenas llegaron aquí en el siglo dieciocho.

Semejante comentario sumió a la hermana mayor en un conflicto del cual Clemencia la salvó aventurando una tesis: dado el oscuro contorno de sus ojos, ellas podrían tener en su estirpe un viajero cuya curiosidad lo llevó a México en el siglo dieciséis y cuya familia vivía en el Venetto desde principios del siglo trece.

– Podría ser -dijo la hermana menor. Todo puede ser.


Para entonces Clemencia había olvidado de punta a rabo los sueños del marido y la manía de entregarse a conjeturas sin rumbo. Ya no cobijaba en la mente ni un segundo la imagen de una mujer ridícula bailando en el último piso de un edificio art decó. Ni recordaba cuando en una tienda le preguntaron si le servían las dos computadoras que su marido le había comprado en Navidad. ¿Las dos? Y si a ella le tocó la fija, ¿a quién le habría tocado la portátil? Se olvidó de la tía de la amiga de una diabla que conocía de cerca a una mujer con voz de pito, cintura de rombo y ojos de cangrejo que andaba diciendo que ella andaba, y pruebas tenía mil, con el dueño de la fábrica que, no por casualidad, era la herencia más preciada de un señor cuyos nombres y apellidos resultaron los mismos del famoso cónyuge de Clemencia. Olvidó preguntarse si alguien más tendría atada la luz de su marido con la niebla del recuerdo o el caballo al que le dan sabana. Se olvidó de las facturas de un albergue, más cursi que un postre de quince años, que él dejó una noche sobre el lavabo.



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