– ¡Pero, caramba! Hoy no pegás una, Elena. Primero llegás tarde, te venís hecha una mascarita, me distraés a los compañeros y ahora, lo que faltaba, ¡en la mismísima luna! Con todo el trabajo que hay atrasado. No digo yo, que en algo raro andás. ¡No puede ser!

– Me distraje un segundo, ya sigo.

– ¿Vos creés que yo me chupo el dedo? A mí no me engatusás con ese cuentito del doctor, ¿estamos? Te pesqué en el aire en cuanto te vi llegar. Estás en la luna porque andarás en cosas raras. A mí me importan tres pitos tus asuntos, si te vas por ahí con uno o con cien, eso es cosa tuya, pero aquí, mientras estés aquí quiero que rindas. ¡Que rindas! ¿Me estás oyendo?

Elena se ha puesto de pie, con la mirada algo desencajada pero con la voz firme, mucho más firme que las piernas temblando al compás del corazón que siente latir como si fuera a saltársele por la boca. Le pone la cara bien cerca de la de él y le dice con los dientes apretados:

– Vá-ya-se-a-la-mier-da.

El hombre apenas ha podido recuperarse de la sorpresa y ella ya está cerca de la puerta. La abre y, antes de salir, estira la mano hasta el reloj, toma su tarjeta y la rompe en tantos pedazos como puede, los tira al aire por detrás del hombro y simplemente se va como había anunciado, antes de hora.


* * *

Apenas traspasa el umbral del edificio, siente como si se le hubieran recargado las energías. Ya está y no fue tan difícil. Había que ver la cara del jefe y las expresiones de sus compañeros. Si faltó que aplaudieran. Y ese detalle final, ese gesto dramático de romper la tarjeta, ¡qué maravilla! Distraída busca con la mirada, busca pero no encuentra lo que quiere. Si volviera a toparse con el taximetrista le aceptaría un café, es más, ella misma lo invitaría. Un café, nada más que eso y solamente porque la desborda una extraña alegría. ¿Y luego? Nada. No pasaría de una charla para poder contarle a alguien lo que acaba de hacer.



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