Felipe se comió la papilla mirando Caperucita roja en versión japonesa. Caperucita era una cruza de Heidi y Peter Pan, volaba, tenía la cara, la boca y los ojos redondos, demasiado redondos; el lobo cantaba “Kaaawai, kaaawai, fu-man-chí”. Bailaba, hacía gimnasia y se comía a Caperucita y a su abuela con palillos. No, se las comía de un bocado, sin masticar. Cerca del final, Felipe se bajó de la silla y entró en fase Duracell. El sueño lo hacía dar vueltas por la sala. Se estrellaba contra las puntas de las mesas y los marcos de las puertas. Se caía, lloraba, se levantaba, se caía, lloraba, se levantaba, como el conejo de la propaganda de las pilas.


Leyeron La princesita caprichosa sentados en el sofá. Después bailaron flamenco y Felipe dio vueltas tocando castañuelas imaginarias, hasta que se cansó y volvió a tropezarse, a llorar y a caerse.

– Papá -dijo señalando la puerta cerrada, mientras Lucía lo llevaba en brazos a su cuarto.

– Papá trabaja. -Papá tiene el reloj invertido, es como si fuera japonés. Papá vive en otro planeta.

En el último pañal del día había una caca blanda y pálida, con pequeñas hebras de tabaco.

– Buá -dijo Felipe, y le pateó la panza, un pie con pantufla y el otro no.

“Malena canta el tango como ninguna”. Y después sólo “lalalalalalala su corazón”. Cuando ya estaba a punto de dormirse, Felipe se levantó otra vez y se apoyó en la baranda de madera. Le acarició el pelo. Un abrazo con olor a pollo y su cara contra la suya:

– Mamá, nene -dijo señalándola y señalándose.

Lucía soltó un suspiro y sintió que el aire se llevaba el hastío y el cansancio, como una tormenta de verano que despeja el cielo. Felipe volvió a decir las palabras mágicas y después las dijo ella, y volvió a decirlas. Por la calle pasaron dos chicos corriendo y riéndose, aunque ya era tarde. Después oyeron rebotar varias veces una pelota.



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