
Entraron al Jardín Botánico y buscaron a Tato por todos los caminos. Vieron gatos blancos y negros, grandes y pequeños, grises, amarillos, un gato pelado y otro cojo, ningún gato pequeño color té con leche.
El aire estaba fresco y perfumado después de la lluvia. Bajaron por Las Heras hasta Recoleta. En las calles había luces de colores y árboles de Navidad y papanoeles en las vidrieras. Ningún gato. “Tatotato”, decía Felipe y señalaba el aire.
Pasaron por el cementerio y Felipe saludó a los ángeles de las bóvedas que se veían desde la entrada. Lucía sintió algo tibio en la nuca, pero no era Tato sino el brazo de Carlos. ¿Cuánto hacía que no salían, que no caminaban de noche? Le rodeó la cintura y fueron hasta el ombú gigante. Se acercaron con cuidado de no enterrar las ruedas del cochecito en el barro, y tocaron el tronco para pedir un deseo. Era un rito que había inventado Carlos.
– Tato -dijo Felipe, y se durmió con media galletita en la mano.
En la esquina de La Biela una chica con violín tocaba “Pequeña música nocturna” de Mozart y hacía bailar un esqueleto de plástico accionándolo con un pedal. Carlos dejó una moneda en el sombrero delante del esqueleto. Bajó el asiento del cochecito y abrió el toldo para que Felipe durmiera más cómodo.
Compraron helados y siguieron caminando hasta Las Heras. Carlos terminó su helado de dulce de leche y le pidió otra galletita.
Llegaron otra vez a la entrada del Botánico, que ya estaba cerrada. Pasó un gato que no era Tato y rodearon las rejas hasta encontrar un banco. Barrieron las gotas de lluvia con la mano y se sentaron a besarse de espaldas a la avenida. Detrás de las rejas, los caminos estaban oscuros y no se veía ningún gato. Carlos sacó el atado de cigarrillos y Lucía le pidió uno.
– Si no fumás…
– Una vez fumé. Cuando nos conocimos.
