
Carlos sonrió y le pasó un cigarrillo. Fumaron en silencio, mirando el humo que salía en espirales y se desvanecía delante de sus narices.
Caminaron hasta la otra entrada, que también estaba cerrada. Se sentaron en el último banco y terminaron el paquete de galletitas. Lucía se asomó al cochecito para mirar a Felipe.
– Va a despertarse muerto de hambre -dijo. Fue a sacarle el chupete pero se cayó solo. Le dio un beso en la nariz.
– Estamos al lado de casa -dijo Carlos-. Además, trajiste la mamadera.
La miró un momento. Cruzó Santa Fe y volvió con dos latas de cerveza y una rosa.
Las ventanas de las casas vecinas estaban iluminadas con las luces de colores de los árboles de Navidad. Lucía se preguntó cuántas parejas vivirían detrás de esas ventanas, si tendrían bebés y serían felices, como ella, Carlos, Felipe y Tato. Aunque Tato ya no estaba.
– Tato fue un regalo de Navidad -dijo.
– No -dijo Carlos-, los regalos todavía no llegaron.
Pasó una moto y Felipe se despertó:
– Mamá, papá.
Miró el cielo lila, que apenas dejaba entrever el óvalo pálido de la luna, y dijo:
– Luna.
Carlos enderezó el asiento del cochecito y le bajó el toldo para que pudiera ver mejor. Abrazó a Lucía por la cintura, mirando hacia las ventanas.
– Volvamos.
Marta Nos
La silla
MARTA NOS nació en Buenos Aires en 1937. Es narradora, autora de las siguientes novelas y libros de cuentos: A solas o casi; La silla: El trabajoso camino del agua; Caridad a reglamento; Mata, Yocasta, Mata y Los Gardeles. “La silla” forma parte de su libro de cuentos homónimo (1987).
***
No, Tito. Ni te pensés. Nada de que es en directo, ni que el club, ni que los muchachos, nada, ¿oíste? Vos no te llevás nada. Hoy me toca a mí. Y sacá la mano que no me vas a convencer. Sacá la mano te digo.
