
¿Por qué boludeces de mujeres? Los ambulantes son teatro, ¿no? Y el teatro es arte, ¿no? Y el arte a mí me gusta y no es ninguna boludez. Y es también de hombres. No, de maricas no. De hombres. Y dejame pasar. Sacá la mano. Dejame pasar. Que me corrés la media. Tito. Pero che, sacate la idea, ¡querés! ¿Escuchás las campanitas? Son ellos. Ya están abajo. Y yo todavía en veremos. Si no me apuro, las otras copan los mejores lugares. La del quince seguro que ya está, la turra, en primera fila y mostrando las piernas. Sí. No te hagas el mosquita muerta, que yo a ésa me la sé de memoria. Pero no te hagas tampoco ilusiones porque con todos es igual. Y ahora bajame el cierre. No. Con vos así mejor que no. Mejor no me bajes nada, yo me arreglo. Oí cómo chusmean. Ya está la del veintitrés gritándole a los pibes. Ay, este pelo, cómo me lo dejaste. No. Fijate que no. No me puedo callar. Estoy nerviosa. De nervios hablo, ¿sabés? Mm, mirá que es lindo este vestido, un poco justo, pero lindo, ¿no? Che, ¿estaré engordando yo también?, ¿vos me ves más gordita? Y bueno. ¿Está rica la tortilla? ¡Viste! Te dije. Ahora no chilles. Pelo más pelo menos, ya es como un condimento. Siempre el mismo vos. ¿Yo te chillo por vivir en una pieza? ¿Yo te pido baño o cocina? Qué carácter, Tito. Tanta historia por un pelo. ¿No decís que te calienta mi pelo? Ah, ¿uno solo no? Entonces devolvémelo. A fin de cuentas es mío. Pero no. Tito. No. Que me pasé el ruye. ¿Toda te la comiste? Tanto asco no te dio. Mirá que sos bruto para tragar. Ya está el de enfrente espiando para acá. Pucha este cierre. Dale, ayudame. Hasta la mitad llego; antes subía mejor. Tirá para arriba. ¿Tenés las manos limpias? Qué silencio en el patio. Seguro que ya está por empezar. Che Tito, otra vez no. No empieces de nuevo que pierdo mi lugar en el patio. Me arrugás el vestido, Tito. Dejame la oreja. Mirá que lo de la silla va en serio. Me estás despeinando otra vez. Andá a despeinarla a la del quince. Andá. Sí, seguro, yo sola.