
Algunos consejos para irse de una fiesta:
a. No seas la primera. (La segunda sí, cómo no, con todo gusto.)
b. Bajo ninguna circunstancia seas la última.
c. Si las cosas no salieron como querías, no te quedes remoloneando a la espera de un milagro. Vete. Es difícil, un paso al vacío, un vahído, pero una vez en la calle se respira mejor.
Rebeca salió de la fiesta con paso decidido. Saludó animadamente a todo el mundo como quien sabe muy bien lo que hace, y partió jugándose la vida.
Un momento después Tato salió detrás de ella (bien) y la alcanzó en la vereda, cuando metía la llave en la puerta de su auto. Rebeca lo miró tratando de no sonreír y le hizo un gesto con el mentón, subí.
La última media hora, en la reunión, él había estado hablando con una rubia, una especie de Gwyneth Paltrow con un vestidito de crèpe de chine rosado. Mujeres frágiles: un peligro. Y era Tato el que hablaba. Animadamente. Ah no. No nos habría importado verlo bailar con otra, pero una charla animada a un costado era intolerable.
Pero él salió detrás de Rebeca, con el saco en la mano, y la buscó.
No cruzaron palabra mientras ella hacía sus breves rituales: la cartera debajo del asiento, cinturón, luces y arranque.
Pero el auto no arrancó.
Oh no, John.
Era un Clio, el segundo. Dios la castigó por haber cambiado el primero, el rojo, que era perfecto. Pero a ella le preocupaba tener un auto que ya tenía cinco años. Se convenció a sí misma con toda clase de explicaciones sobre la capitalización y el deterioro de los materiales, y lo cambió por otro idéntico, último modelo, gris metalizado esta vez, que se dedicaba sistemáticamente a dejarla de a pie.
