
Ella era de Renault como quien es de San Lorenzo, pero esto ya era grave. De entrada nomás, domarlo le costó mucho tiempo, mucho dinero y muchos disgustos. Y aunque en apariencia todo funcionara, la mitad de las veces se negaba a arrancar. Sin motivo alguno, pura histeria.
Por lo general ella se lo tomaba con razonable filosofía. Sólo una vez le pegó una patada a la rueda y se manchó en forma irreversible un divino zapato de gamuza beige. Pero que el auto no le arrancara después de haber vencido en esa sorda batalla con Gwyneth Paltrow en la fiesta era injusto. Ella estaba ahí como una idiota preocupándose por el auto, con Tato Welsh sentado a su lado.
– Una mujer como vos no debería tener auto -dijo Tato, mirando frente a sí la calle oscura.
Rebeca no recordaba haber dicho nada en voz alta, de modo que se sobresaltó.
Lo miró con lo que sin ninguna duda debe haber sido una mirada estúpida. El problema cuando a una le gusta un hombre es que se porta como una estúpida: por lo general se queda muda, y no con ese divino silencio tipo Greta Garbo, sino palurda irremediable con nada atinado para decir. Y si una no se queda muda se vuelve un poquito estridente y gesticula demasiado, como cuando habla un idioma que no domina. En este caso Rebeca se quedó muda.
– No, no deberías tener auto -ratificó Tato-. Te hace demasiado independiente, demasiado inalcanzable. Si tenés auto sos vos la que lleva a los otros hasta su casa y después se vuelve sola.
¿Se vuelve sola? Dios mío.
– Vos sos una mujer, tendrías que estar más disponible, más vulnerable, más… accesible. Este auto te protege tanto que no hay manera de llegar.
Se hizo un silencio. Rebeca había abandonado sus intentos de arrancar el auto. Unas personas salieron del edificio, pero ninguna era Gwyneth Paltrow.
– Bueno -dijo entonces Rebeca-, abandonémoslo.
Salieron del auto y se tomaron un taxi.
