
Rebeca miró la hora con alguna impaciencia y venció la tentación de abrir el diario. Tenía su filosofía con respecto a la conducta en los taxis:
a. Nunca leas nada en un taxi: el chofer se va a pasar “porque estaba distraído” y el viaje va a salir más caro y más largo.
b. Si el chofer es extremadamente simpático y conversador, vigila el reloj, seguro que está acelerado.
El taxi avanzaba penosamente por Viamonte y se detenía en cada luz amarilla como si tuviéramos la vida por delante. Por fin llegaron a la peluquería. Piero estaba apenas comenzando un brushing: media hora por lo menos y no había forma de eludir la cosa. Hoy su jefe, Memelsdorff, le iba a presentar al Dr. H., el jefe de todos los jefes. Acá Rebeca podía leer tranquila el diario, pero antes estaba el Para Ti, lo primero es lo primero.
– ¿Me permite el diario? -Era un hombre, que al parecer esperaba su turno también. Perfecto traje y corbata, parecía un poco fuera de lugar en la peluquería.
– Bueno, no -dijo Rebeca-. Sabe qué pasa, todavía no lo leí.
– Entiendo -dijo el hombre, pero se quedó mirándola.
– Es una debilidad que tengo -Rebeca se sintió en la obligación de agregar-: No me gusta que nadie abra el diario antes que yo. Me ha costado un par de novios y una mucama.
– Tiene razón -dijo el hombre con toda seriedad-. Hay que tener claras las prioridades en la vida.
Rebeca apartó la mirada del Para Ti (Un jardín de invierno ganado al balcón) y lo miró con los ojos entrecerrados por la suspicacia. Después de un momento y sin decir palabra le alcanzó el diario y volvió a la revista.
Ese fue el comienzo de una bella amistad. El hombre, llamado Villa, se dedicaba a la compraventa de autos usados.
– No me diga. Yo tengo un auto abandonado por ahí. ¿No quiere venderlo?
– ¿Un auto abandonado? ¿Qué quiere decir?
Villa no podía creer que Rebeca hubiera dejado un Clio nuevo abandonado en una calle de Palermo hacía ¿dos, tres meses? Algo así.
