En Mantova, hecha de terracota y tiempo, murallas y castillos, encontraron un festival de libros por toda la ciudad. Los hoteles, los patios, los mercados, las tiendas, los museos, las agencias de viajes, las escuelas, la noche, los teléfonos, la mañana, las cafeterías y el cielo, están tomadas durante una semana por una feria de escritores y lectores. El platillo local: ravioli di zucca. ¿Qué iba Clemencia a hacer hurgando en algo más recóndito que aquella pasta con relleno de calabazas tiernas?

Al día siguiente fueron a caminar a la vera de un lago hasta que, cansadas de sí mismas, se dejaron caer en una orilla. El sol se fue perdiendo en el perfil que corta el horizonte. Ellas no dejaron minuto sin despepitar un enigma. Y con la misma intensidad dedicaban un rato a imaginar la receta de un spaghetti o treinta a reírse con el recuerdo de la noche en que alguien dio con el valor que le urgía para dejar el infortunio que eran los gritos de su tercer marido sólo para caer en poco tiempo en los gritos del cuarto. Lo mismo iban de un tigre que deslumbró la tardía infancia de una de las hermanas al pianista cuyos amores invisibles se inventó la otra. Se reían de sí mismas siguiendo los consejos de la única monja que algo les enseñó en la escuela: la risa cura y el que se cura resuelve. Frente a ellas y su conversación como una trama de tapiz persa, dos cisnes empezaron una danza y viéndolos hacer se acercaron dos más y después otros dos hasta que seis se hicieron. Clemencia, que aún andaba urgida de pasiones, se enamoró sin más de los seis cisnes, del pedazo de sol y de las dos hermanas con que andaba de viaje para escapar de un sueño. Cenaron luego una pasta con berenjena y durmieron nueve horas hasta que sonó el teléfono del que salió una voz inusitada.



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