
El cuarto oscuro de la memoria funciona discriminando, y nunca se sabe cuál es la exacta mezcla de luz y sombra que da una foto memorable. Se sabe sí, que todo lo que trae puede ser un prodigio: cerca de Udine las montañas y el río de un denso azul como pintado por Leonardo. Sobre el puente del diablo, detenidas mirando Cividale para reconocer el siglo doce. En Udine una pasta con tomate y albahaca, una rúcola con queso parmesano y un muchacho que cantaba al verlas entrar como si veinte años tuvieran. De ése, faltaba más, también se enamoró Clemencia. De ése y de un violinista al que encontraron ensayando a Vivaldi junto al altar de una iglesia cerca de la Academia, de regreso en Venecia como quien al desastre y al absoluto vuelve. ¿De qué andar preguntándose por los sueños de un hombre, cuando se puede andar de pie entre tantos sueños? Los estudiantes han llenado un puente de acero con sus cuerpos jóvenes y dos antorchas cada uno. Todo el paso arde sobre el agua que atraviesan doce góndolas en las que juegan cien remeros cantando para engañar a quien se deje. Los jóvenes los miran sin soltar las antorchas con que piden la paz en mitad del canal más hermoso del mundo. Una de ellas celebra su cumpleaños, se lo cuenta a Clemencia que todo quiere saber y le ha preguntado qué significa todo eso. “Preguiamo per la pace” contesta la criatura de veinte años que en sí misma parece una oración. ¿La pace? ¡A Irak!, le responde la niña.
Una muestra de Turner está en Venecia con todas las pinturas que hizo en tres semanas de visitarla. Turner que pintó en brumas el puente de los suspiros: en cada mano una cárcel y un palacio. Turner las enamoró a las tres desde un lugar en mitad del siglo diecinueve. ¿Cómo iban a envidiar otros amores?
No podían estar más radiantes que de regreso en Venecia. La Venecia ridícula y divina vista del mar parece un barco de cristal y desde la terraza del Hotel Danielli, vista parece con el ojo de un dios que sólo vive de mirarla, como si fuera el más voraz de los turistas.
