
"¿Cuál es la casa del maestro Massys?» Los niños, asustados, interrumpieron su juego para mirarlo. Asomaba como una cabeza de palo pintado en un retablo de titiritero.
Huyeron cuesta arriba hacia el poblado. El carruaje se detuvo en la casa de Ana de Medina. El hombre bajó con dificultad ayudado por uno de sus criados. Vio los niños acezantes, vio la mujer en la puerta y se fijó en él. No en ningún otro sino en él. «¿Cómo te llamas?» Ana de Medina hizo un saludo cobarde. "Es la casa del maestro Massys.» Pasó adelante solo con ella mientras los chicos se que4aban afuera. De afuera los veía hablar sin poder oir. Vio que le entregaba un papel, que Ana lo mostraba al cura que había llegado al ruido de la novedad. Luego lo llamaron. A él solo. «Jeromín, saluda a Don Carlos Prevost.» De allí en adelante todo fue rápido. «Te vas a ir con él, que te va a llevar para una casa grande.» Ana hablaba entre sollozos. Apretaba y besuqueaba al niño. "El señor Don Carlos es un gran caballero, ayuda de cámara del Emperador nuestro Señor. Con él vas a irte.» Lo lavaron, lo vistieron de limpio para sentarlo a la mesa que estaba puesta con los cubiertos y los platos que el extraño visitante había traído. El señor lo veía y hablaba como nadie antes nunca lo había hecho. "Hermoso niño.» Eso nunca se le olvidó. Luego le estuvo diciendo, ante el silencio de la Medina y del clérigo, todo lo bueno que lo esperaba. Iba a vivir en un castillo señorial con servidores.
Fue entonces, ahora lo veía, cuando comenzó verdaderamente el viaje que ahora parecía estar llegando a su término. Todo fue desenvolviéndose de un modo sorprendente. A cada momento veía surgir una extraña novedad.
