Desde la ventanilla del carruaje vio irse el pueblo y empezar de nuevo los campos. El señor, entre silencios y cabeceos de sueño, le había hecho preguntas, parecía querer saberlo todo, su padre, su madre, los juegos, las clases. "¿Sabes leer?" No respondió. «Vas a aprender mucho ahora, en tu nueva casa.» A Prevost no iba a verlo más hasta allí, hasta aquel punto donde lo vio como la primera vez: solemne, pesado, alisándose siempre el jubón con las manos, y con aquellas erres y eses. Con las demás gentes que fue encontrando en los años era diferente lo que le sucedía. Sobre la impresión del primer día se iban sobreponiendo las de todos los sucesivos que les habían ido cambiando y fijando las facciones. Cuando se ponía a recordarlas en los distintos tiempos era como si hiciera y deshiciera caras.

Llegó a la tarde a su primera venta. Un desteñido bloque de paredes, portones, corrales y techos oscuros junto al camino. El ventero vino a saludar al señor Prevost.

"¿Es vuestro hijo?» El alboroto de los mozos, desunciendo las mulas, cargando los bultos, los gritos llamando las criadas, el revuelo de las gallinas, y la sala de comer llena de humo.

En una mesa, con varios amigos, un hombre cantaba con un guitarrón.

Hubo una jornada y otra jornada. "Nos acercamos a Valladolid.» Desde lejos divisaron las torres de los campanarios, las almenas de la muralla. El camino se fue llenando de gentes.

Nunca había visto tanta gente ni tanto bullicio. Dejaron el coche junto a la muralla y penetraron a las calles por una puerta con vigilantes. Lo que había adentro lo asustó.

El gran bullicio de personas, de voces, de vendedores, de jinetes, entre las cabezas asomaba alguna silla de mano o se abría el gentío para dejar pasar un grupo de arqueros montados.

Don Carlos se fue metiendo, con paso seguro, por entre el gentío. Fue sabiendo de boca de Prevost que la villa estaba de fiesta, que habían llegado grandes personajes, y muchas tropas que aguardaban al príncipe Felipe, el hijo del Emperador. "Va a casarse a Inglaterra.» Se iba haciendo menos espesa la muchedumbre a medida que avanzaban por calles alejadas del centro. Estaban ahora frente al muro de un convento y el caballero tiraba de la cuerda de la campanilla. Se oyó adentro el alboroto del metal. Abrió un lego.



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