
– ¿Solía recibir invitados en su habitación? -preguntó Erlendur.
– ¿Cómo? -dijo el director.
– Invitados -repitió Erlendur-. Quien estuvo aquí debía de ser alguien conocido, ¿no te parece?
El director del hotel miró el cadáver y sus ojos se detuvieron en el condón.
– No sé nada de sus amigas -dijo-. Nada en absoluto.
– No sabes mucho de este hombre -dijo Erlendur.
– Es el portero -dijo el director del hotel, convencido de que esa explicación habría de ser suficiente para Erlendur.
Salieron. Aparecieron los técnicos de la policía científica con sus aparatos e instrumentos, y varios agentes más detrás de ellos. Les resultó un poco complicado atravesar el pasillo, ocupado casi en su totalidad por el director del hotel. Erlendur les ordenó que examinasen bien el pasillo y el rincón oscuro que había más allá del cuarto. Sigurdur Óli y Elínborg seguían en el diminuto cuchitril, mirando el cadáver.
– No me gustaría que a mí me encontrasen así -dijo Sigurdur Óli.
– A él ya no le importa -dijo Elínborg.
– No, probablemente no -dijo Sigurdur Óli.
– ¿Hay algo ahí? -preguntó Elínborg, sacando una bolsita de frutos secos. Siempre estaba mordisqueando algo. Sigurdur Óli pensaba que tenía algún problema de los nervios.
– ¿Ahí? -dijo él.
Ella asintió con la cabeza, apuntando al cuerpo. Sigurdur Óli la miró un instante y comprendió a qué se refería. Vaciló un instante, pero finalmente se inclinó y miró atentamente el preservativo.
– No -dijo-. Nada. Está vacío.
– De manera que la mujer le mató antes de que llegara al orgasmo -dijo Elínborg-. El médico creía…
– ¿La mujer? -preguntó Sigurdur Óli.
– Bueno, sí, ¿no es evidente? -dijo Elínborg, metiéndose en la boca un buen puñado de panchitos. Se los ofreció a Sigurdur Óli, que rechazó la invitación-. ¿No hay algo de puterío en todo esto? Estuvo aquí con una mujer -añadió-. ¿No?
– Es la hipótesis más simple -dijo Sigurdur Óli, incorporándose.
