
– ¿Quién dices que era? ¿Está muerta?
– ¿Qué quién era Shirley Temple? -preguntó Elínborg asombrada de la ignorancia de Sigurdur Óli-. ¿No sabes quién era? ¿No estudiaste en América?
– ¿Era una estrella de Hollywood? -preguntó Sigurdur Óli, mirando el cartel.
– Fue una niña prodigio -dijo Erlendur con sequedad-. Así que lleva muerta muchísimo tiempo, esté muerta o no.
– ¿Cómo? -preguntó Sigurdur Óli, que no comprendía ni una palabra.
– Una niña prodigio -dijo Elínborg-. Creo que sigue viva. No me acuerdo. Creo que hace algo para las Nacionas Unidas.
Erlendur se percató de que no había más objetos personales en la habitación. Miró a su alrededor pero no vio ni una estantería con libros ni CD, ni ordenador, ni televisión, ni radio. Solo una mesa, una silla a su lado y una cama con un almohadón desgastado y un edredón sucio. Aquel cuartucho le recordó a la celda de una prisión.
Salió al pasillo, observó la oscuridad del extremo y creyó notar un débil olor a quemado, como si alguien hubiera andado con cerillas en las tinieblas, para entretenerse o para iluminar su camino.
– ¿Qué hay allí? -preguntó al director del hotel.
– Nada -respondió, y miró al vacío-. Solo el final del pasillo. Faltan algunas bombillas, las mandaré arreglar.
– ¿Cuánto tiempo llevaba viviendo aquí ese hombre? -preguntó Erlendur, volviendo a entrar en la habitación.
– No lo sé, desde antes de mi incorporación al hotel.
– ¿Ya estaba aquí cuando empezaste de director?
– Sí.
– ¿Me estás diciendo que ha vivido en este cuchitril durante veinte años?
– Sí.
Elínborg miró el condón.
– Como mínimo practicaba el sexo seguro -dijo.
– No lo suficiente -dijo Sigurdur Óli.
En esos momentos apareció el forense acompañado por un empleado del hotel, que volvió a desaparecer por el pasillo. El médico estaba muy grueso, aunque no podía ni compararse con el director del hotel. Entró como pudo en la habitación y Elínborg aprovechó para salir.
