
– Podríamos, pero no lo vamos a hacer -dijo Erlendur, intentando tranquilizar el director-. Quizá tengamos que interrogar a algunos huéspedes del hotel y a bastantes de los empleados, supongo.
– Gracias a Dios -suspiró el director, ya más tranquilo.
– ¿Cómo se llamaba este hombre?
– Gudlaugur -respondió el director del hotel-. Creo que andaba por los cincuenta. Y tienes razón, creo que no tiene familia.
– ¿Quiénes venían por aquí a visitarle?
– No tengo ni la menor idea -resopló el director.
– ¿Ha sucedido en el hotel alguna vez alguna cosa extraña relacionada con este hombre?
– No.
– ¿Algún robo?
– No. No ha pasado nunca nada.
– ¿Quejas?
– No.
– ¿No andaba metido en nada que pudiera explicar esto?
– No, que yo sepa.
– ¿Tuvo algún enfrentamiento con alguna persona del hotel?
– No, que yo sepa.
– ¿Y fuera del hotel?
– No, que yo sepa, pero no lo conozco demasiado bien. No lo conocía -se corrigió el director.
– ¿En veinte años?
– No, realmente no. No trataba mucho con la gente, creo. Se aislaba todo lo que podía.
– ¿Crees que un hotel es lugar adecuado para personas así?
– ¿Yo? No sé… Siempre era muy amable y no hubo quejas por su causa, vaya.
– ¿Vaya?
– No, no hubo nunca quejas contra él. En realidad no era un mal empleado.
– ¿Dónde está la cantina? -preguntó Erlendur.
– Te acompañaré -el director del hotel se quitó el sudor de la cara, feliz de que no tuvieran intención de cerrar el hotel.
