– Tú juega, juega y verás -dice Chico Mingo-.

Una cosa si que podías hacer, si es que a ti ya no se te ha ocurrido, y que te salvaría de complicaciones caso de que hubiera novedad, que Dios no lo quiera.

Carlos permanece junto al camión, con el aro de los faroles que ha vuelto a tomar del suelo, y con una media sonrisa que le asoma tímida por la lividez de los labios y se le abre en ángulos bajo las orejas y le llega al extremo mismo de los ojos.

– Que no sé si ya lo harás – prosigue Chico Mingo – porque tú no tienes ni un pelo de tonto, y ése si que sería un buen procedimiento para que nadie pudiera nunca decir que has abandonado la guardería. Y bien fácil que es; todo consiste en que dejes las alcucillas siempre llenos de aceite y prendas la mecha y la vuelvas tú mismo a apagar. Siempre se le podría echar así la culpa al viento. Así si que no te cogías los dedos, no faltando el combustible en el mariposero. Nadie podía decir que no la habías vuelto a llenar a su hora. ¿Qué te parece la idea?.

Carlos no contesta. Continúa sonriendo con los ojos puestos en las hilas de agua que resbalan hasta el muro desde la ventana.

– Buen lagarto estás hecho – prosigue Chico Mingo -. Qué pocas cosas habrá que se te hayan pasado a ti por alto y que tú no sepas. Si desconfías te diré que eso que te fue dicho del aceite es lo que hacía mi padre antes de la guerra, cuando estaba trabajando en Obras Públicas. Era también guarda nocturno. Pregúntale sino lo crees al padre de tu primo Toto que estaba con él de ayudante. Pregúntale y verás cómo la que te digo es la fija. Claro que entonces eran otros tiempos.

Carlos echa a andar sin contestarle y sin dejar de sonreír mientras baja la calle. Chico Mingo se encoge de hombros y se pone a silbar mientras va rebañando de arena la batea de la camioneta.



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