
– Un poco de voluntad es lo que tienes que echarle.
– Para otras cosas la quisiera yo y no la tengo, cuanto más para echar humo. Para no quedarme dormido como me quedo en el volante. Otra cosa de las que te envidio. ¿Ves el camión como lo tengo hasta los topes de arena?. Pues debía haberlo descargado anoche. Volví con él de la ribera no sería la una; aún no había terminado siquiera la segunda sesión de cine. ¿Sabes lo que hice?. Que en vez de haberlo descargado como me correspondía y haberme quedado libre hoy por la mañana para otro porte, me eché a dormir. Una hora larga voy a tardar en descargarlo y un acarreo que me pierdo; pero no me importa. No hay nada como el sueño. Cuando me compre el basculante será otro cantar y no me veré obligado a estar dale que te dale con la pala; pero mientras, ¡que remedio!-. Baja el tono de la voz y enciende el cigarro -. Claro que tú, aquí entre nosotros, eso de que estás toda la noche en vela vamos a dejarlo.
– Doy las tres vueltas que tengo que dar: una a las doce, otra a las tres, y la última para recogerlos en cuanto amanece. Pon hora y media para cada ronda y ya tienes la noche completa sin pegar un ojo.
– Un procedimiento muy antiguo y muy pasado de moda ése de poner en los frisones un farolete de aceite, habiendo como hay electricidad y linternas de pila, porque ¿quién quita que de noche venga una bocanada de aire y entre por una rendija y apague el farol y el que llegue por la carretera y no vea la luz se estrelle?. Poco me faltó a mi para que otro tanto me sucediera volviendo la otra noche de la ribera; que si no me tragué la valla fue de puro milagro, porque más o menos se donde está. Si es un forastero que no conoce el terreno se espachurra como las mariposas en el radiador. Claro que nadie puede evitar que una racha de viento puñetero apague la alcuza. ¿Verdad, Carlitos?.
