
– Tampoco puedo estar yo en todas partes y a todas horas. No es mía la culpa. Si un farol se apaga, al llegar la próxima ronda se vuelve a encender.
– ¿Y mientras?. Si alguien se estrella, que se estrelle contra un frisan-sube a la batea de la camioneta después de abrir los portalones y comienza a empujar la arena por los bordes de la caja para dejarla caer sobre la calzada -. ¡Carlitos, que nos conocemos!. ¡Que no han sido una sola noche ni dos, ni siquiera cinco…!. Que desde que se inauguraron las obras estoy volviendo de madrugada de la ribera y ni una sola noche estaban los faroles encendidos. Que ni les das una vuelta, ni les echa aceite. Que el día menos pensado vas a tener un disgusto gordo. Te lo digo porque, al fin y al cabo, ni me va ni me viene, ni me voy a ir con el cuento. Sabes bien que no soy de los que me voy con el cuento. Ahora que de eso a decirte que soy el único que de noche echa de menos la luz, tampoco. Ahora no es ya como hace unos años; que, aunque los frisones no estén en la general, hasta las de tercer orden tienen tráfico. Todo eso sin dejar yo de comprender que tú no estás para resistir en vela toda la noche, ni mucho menos. Estás para sopita y buen vino y para cuidarte. Pero ¡imagínate que un loco americano de esos vuelve de noche borracho, cosa que no tendría nada de particular porque lo raro es que estén alguna vez serenos, y se te pega el tortazo!. No iba a ser a mi al que metieran en la cárcel.
– No tengo yo la culpa que el viento apague los faroles – sonríe-. Al viento no creo que puedan meterlo a la sombra.
La arena que va arrojando Chico Mingo forma ya un montón sobre la calzada, junto a las zanjas abiertas donde antes de una hora empezarán a trabajar los hombres. El acero de la pala brilla húmedo y terso como un espejo. En una ventana una mujer riega los tiestos de flores. El agua y el barro salpican el blanco lechoso del muro.
