
Jonas se encogió de hombros y volvió a la mesa.
– ¿Quién sabe? Todo lo que se dice es pura conjetura.
– ¡Es difamación! Mi padre era un ciudadano honrado que respetaba la ley, y nada va a cambiar eso. Jamás habría…
A Sheila se le quebró la voz al recordar al hombre que la había criado. Desde que su madre había muerto, cinco años antes, había estado muy unida a su padre. La última vez que lo había visto estaba tan robusto y saludable que le costaba creer que hubiera muerto. Lo había notado distante y preocupado, pero había dado por sentado que se debía a los problemas que atravesaba la bodega en aquel momento. Aun así, estaba segura de que nada de lo que hubiera podido ocurrir en Cascade Valley había sido tan grave para que se suicidara. Oliver era muy fuerte.
Se obligó a sobreponerse. Era demasiado orgullosa para permitir que Jonas Fielding contemplara su dolor.
– ¿Hay alguna manera de que pueda volver a poner en marcha la bodega? -preguntó.
– Lo dudo. La compañía de seguros ha retenido el pago de la indemnización por la posibilidad de que el incendio haya sido provocado. Y me temo que ése no es el único problema.
– ¿Qué quieres decir?
– ¿Has leído los papeles que había en la caja de seguridad de tu padre?
– No. Estaba demasiado enfadada y lo traje todo aquí.
– ¿Sabías que tu padre no era el único dueño de la bodega?
– Sí.
– ¿Conoces al socio de Oliver?
– Lo vi una vez, hace años. Pero ¿que tiene que ver Ben Wilder con todo esto?
– Por lo que sé, cuando Ben y Oliver compraron el negocio hace casi dieciocho años eran socios a partes iguales.
Sheila asintió. Recordaba el día en que su padre había hecho el feliz anuncio de que había comprado la bodega rústica situada al pie de las Cascade.
– Sin embargo -continuó Jonas-, en el transcurso de los últimos años, Oliver se vio obligado a pedir dinero prestado a Wilder Investments para cubrir una serie de gastos, y puso su parte del negocio como aval del préstamo.
