
– ¿Y tú no sabías nada?
– No. Los abogados de Ben se ocuparon de todo el papeleo. De haber sabido algo, le habría aconsejado a Oliver que no lo hiciera.
Sheila recordó el curso de los acontecimientos de los cinco últimos años y se sintió repentinamente culpable.
– ¿Por qué tuvo que pedir prestado exactamente? -preguntó.
– Por varios motivos. La situación económica se había complicado, y después hubo un problema con unas botellas en Montana. Por lo que he podido ver en la contabilidad, hacía años que las ventas estaban descendiendo.
– Pero no fue sólo por eso, ¿verdad?
Se le secó la boca cuando comprendió que su padre se había endeudado con Ben Wilder por culpa de ella.
A Jonas le daba pánico lo que tenía que decir.
– Tu padre pidió el préstamo hace cuatro años -contestó, confirmando sus sospechas-. Según recuerdo, tuvo varios motivos para hacerlo. El más importante era que quería ayudarte a recuperarte del divorcio con Jeff. Oliver pensaba que debías volver a la universidad y terminar la carrera. No quería que os faltara nada ni a ti ni a Emily.
– Oh, Dios mío.
Sheila cerró los ojos para protegerse de la verdad y se hundió en la silla. Después del divorcio había rechazado el dinero de su padre, pero él no había aceptado su negativa. Era una madre divorciada sin trabajo ni experiencia laboral. Oliver había insistido en que fuera a una universidad privada de California, donde la matrícula y los gastos de manutención de Emily y de ella eran exorbitantes, y la había obligado a aceptar el dinero diciendo que el sol de California la ayudaría a olvidarse de Jeff y del matrimonio infeliz. Sheila había aceptado la ayuda de su padre a regañadientes y se había prometido que se lo devolvería con intereses. Desde entonces habían pasado más de cuatro años, no había podido devolverle ni un centavo, y ya era demasiado tarde: su padre había muerto. Oliver no le había comentado nunca que Cascade Valley tuviera problemas económicos, pero ella tampoco había preguntado como iba el negocio. La sensación de culpa la asfixiaba.
