– Entiendo que tu padre acaba de morir, y que te superen todo el asunto de la sucesión y las complicaciones con el seguro -dijo-. Pero tienes que afrontar los hechos…

– ¿Qué hechos? -preguntó ella, con voz trémula-. ¿Tratas de decirme algo que ya sé? ¿Que todos creen que mi padre se suicidó?

A Sheila le temblaban las manos. Aunque le costó, mantuvo el aplomo y contuvo las lágrimas.

– Pues yo no me creo ni una palabra de lo que dicen -continuó-. Eras amigo de mi padre. Tú no crees que se suicidara, ¿verdad?

Jonas había estado evitando aquella pregunta. Se frotó las rodillas para ganar tiempo hasta encontrar una respuesta apropiada. No quería ser descortés.

– No lo sé, Sheila -contestó-. Parece increíble… Oliver tenía tantas ganas de vivir… Pero a veces, cuando un hombre está entre la espada y la pared y se siente atrapado en un callejón sin salida, es capaz de hacer cualquier cosa para preservar aquello por lo que ha trabajado durante toda su vida.

Ella cerró los ojos y suspiró. De pronto se sentía pequeña y muy sola.

– De modo que tú también lo crees -dijo-. Como la policía y la prensa, crees que mi padre provocó el incendio y quedó atrapado por error o se quitó la vida.

– Nadie ha insinuado que…

– No hacía falta. Basta con ver la portada del periódico. Han pasado cuatro semanas y sigue siendo un festín para la prensa.

– Mucha gente de la zona trabajaba en Cascade Valley. Desde que cerró la bodega se ha duplicado el desempleo en el valle. Por mucho que te moleste, Cascade Valley es noticia.

– Eso lo entiendo, pero no sé por qué cree todo el mundo que mi padre se suicidó. ¿Por qué iba a hacer una cosa así? ¿Por el dinero?



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