
Jonas le dio los papeles de la sociedad. Sheila les echó un vistazo y comprendió que el abogado había hecho una valoración exacta de la situación.
– Si hubiera acudido a mí -dijo Jonas-, yo habría podido evitar este desastre.
– ¿Por qué no te consultaría?
– Por orgullo, supongo. Pero ya es tarde.
– Hay una carta de Wilder Investments reclamando el pago del préstamo.
– Lo sé.
– Pero no está firmada por Ben Wilder. La firma es de…
Sheila se interrumpió y arqueó las cejas al reconocer el nombre.
– Noah Wilder -puntualizó Jonas-. El hijo de Ben.
Ella se quedó pensativa. Noah Wilder siempre había sido un misterio para ella.
– ¿Está al mando de la empresa? -pregunto.
– Temporalmente. Sólo hasta que Ben vuelva de México.
– ¿Has hablado con Ben o con su hijo para preguntarles si podrían considerar una prórroga del préstamo?
Sheila empezaba a digerir la situación.
Sin la ayuda de Wilder Investments, la bodega tendría que cerrar.
– Tengo problemas para localizar a Noah -reconoció el abogado-. No me devuelve las llamadas. Pero no he dejado de insistir con la compañía de seguros.
– Quieres que llame a Wilder Investments?
Sheila se había dejado llevar por el impulso. No sabía por qué se le había ocurrido que Noah la atendería, si Jonas no había conseguido que contestara a sus llamadas.
– No estaría mal -contestó él-. ¿Sabes algo de Wilder Investments?
– Sé que no tiene muy buena fama, si te refieres a eso. Mi padre no dijo nunca nada, pero por lo que he leído diría que la reputación de Wilder Investments es más que dudosa.
– Así es. Durante los diez últimos años, Wilder ha estado en el punto de mira de la justicia. No obstante, jamás se pudo demostrar ninguna acusación contra la empresa. Y, por supuesto, el apellido Wilder ha sido una fuente constante de noticias para la prensa amarilla.
