
– ¡No puedo esperar tanto!
– ¿Cuál es el problema exactamente? ¿No has recibido mi carta?
– Sí, y por eso te llamo. Tenemos que vernos. ¡Es muy importante!
Noah estaba impresionado por la tenacidad de aquella mujer. Echó un vistazo a los mensajes telefónicos y comprobó que Maggie no exageraba: Sheila había llamado una vez por hora durante cinco horas.
– Imagino que esperas que reconsidere mi decisión -dijo.
– ¡Tienes que hacerlo! Si querernos reconstruir la bodega y tenerla lista para la cosecha de esta temporada, tenemos que empezar cuanto antes. Incluso así, podríamos no llegar a…
El la interrumpió. En el tono de Sheila había un dejo de desesperación que lo molestaba.
– Entiendo tu problema -afirmó-, pero no puedo hacer nada. Mi padre está fuera del país y…
– ¡Por mí como si está en la Luna! Estás al frente de Wilder Investments, y tengo que tratar contigo. Estoy segura de que no eres ningún títere y tienes capacidad de decisión.
– No lo entiendes.
Noah se maldijo por dejar que aquella desconocida lo obligara a ponerse a la defensiva.
– Tienes razón -replicó ella-, no lo entiendo. Soy empresaria y me parece absolutamente ilógico que dejes abandonado un negocio rentable como Cascade Valley, cuando podría estar produciendo.
– Por lo que tengo entendido, Cascade Valley lleva sufriendo pérdidas casi cuatro años.
– Creo que es evidente que tenemos mucho de que hablar. Si no puedes reunirte conmigo hoy, podrías pasar por la bodega este fin de semana y llevarte una impresión de primera mano del problema que compartimos.
Durante un momento, Noah se dejó cautivar por el tono suave y convincente de Sheila, y estuvo tentado de aceptar la oferta. Aunque sólo fuera por un fin de semana, le habría encantado dejar de lado los problemas de la empresa. Pero no podía. Había cosas en Seattle que no podían esperar. No era sólo por la empresa; también tenía que ocuparse de Sean.
