Noah sabía que él era el culpable de los problemas de su hijo. Dieciséis años atrás había suplicado que le concedieran el privilegio y la responsabilidad de ocuparse de su hijo recién nacido, y había insistido en criarlo solo. Desafortunadamente, no lo había hecho nada bien. Si Sean no se reformaba pronto, podía ser un desastre.

Aunque aún no eran las tres y media de la tarde, el tráfico del viernes era intenso, y conducir hacia las afueras de la ciudad resultaba verdaderamente tedioso. Noah se pasó los veinte minutos del trayecto hasta el colegio rogando que el asistente social les diera otra oportunidad. Sabía que debía encontrar una manera de llegar a su hijo.

Aparcó el coche delante del colegio y se volvió a mirar la entrada al oír el timbre de salida. Minutos después se abrieron las puertas y apareció una tromba de adolescentes ruidosos. Algunos se cubrían la cabeza con los libros, otros llevaban paraguas, y otros más hacían caso omiso de la llovizna vespertina.

Noah echó un vistazo a los jóvenes dispersos en el patio del colegio. No veía a su hijo, rubio y atlético, por ninguna parte. Se negaba a pensar que Sean hubiera cometido la estupidez de dejarlo plantado. Estaba seguro de que el chico era consciente de la importancia de aquella reunión, y confiaba en que no lo echara todo a perder.

Siguió esperando. A medida que pasaban los minutos apretaba con más fuerza las manos al volante. No veía a su hijo por ningún lado. Estaba cada vez más impaciente, y se preguntaba dónde se había metido Sean. Faltaban menos de treinta minutos para la cita con el asistente social, y el chico no aparecía.



21 из 143