
Los ventanales de detrás de la mesa daban a Pioneer Square, una de las zonas más antiguas y de mayor prestigio de Seattle. Más allá de los edificios se veían las aguas grises del Puget Sound y, a lo lejos, las imponentes montañas Olympic. En los días despejados parecían una valla nevada del Pacífico; aquel día apenas eran sombras fantasmales en la niebla.
Después de echar un vistazo al paisaje, Noah se sentó en la silla de su padre, se pasó una mano por el pelo y cerró los ojos para tratar de aclararse la mente. No se le ocurría dónde podía estar Sean.
Sacudió la cabeza y abrió los ojos para ver el periódico con la fotografía de la bodega quemada. Lo último que quería hacer aquella mañana era pensar en el incendio. Se sospechaba que había sido intencionado; había muerto un hombre, y Cascade Valley, la bodega más importante del noroeste, estaba paralizada y en medio de una contienda judicial por el pago del seguro. Noah se preguntaba cómo había podido tener la mala suerte de quedar atrapado en aquel embrollo.
El timbre del intercomunicador interrumpió sus cavilaciones.
– Tengo a tu madre por la línea dos -dijo Maggie.
– Quería hablar con Ben, no con mi madre.
– No he conseguido dar con él, y no imaginas lo que me ha costado encontrar a Katherine. Debe de ser el único teléfono en ese pueblo de mala muerte.
– Tienes razón, Maggie. Perdona el tono. Hablaré con mi madre.
Sabía que, aunque estuviera furioso con su padre y consigo mismo, no tenía derecho a maltratar a Maggie. Antes de ponerse al teléfono, se armó de paciencia y se dispuso a escuchar las excusas que utilizaría su madre para disculpar a Ben. Respiró profundamente y trató de sonar tan natural y afable como pudiera.
– Hola, madre. ¿Cómo estás?
– Bien -contestó ella-. Aunque tu padre no se encuentra nada bien.
