Noah tensó la mandíbula, pero mantuvo el tono amable.

– Me gustaría hablar con él -dijo.

– Lo siento, Noah, pero no puede ser. Ahora está descansando.

Mientras escuchaba la voz monocorde con que su madre le describía el estado de salud de Ben, Noah se arremangó la camisa y empezó a caminar delante de la mesa. Se pasó una mano por la nuca y tensó los dedos alrededor del auricular. El tono de su madre lo ponía histérico; podía imaginar la expresión fría que tenía en la cara mientras le hablaba desde más de cinco mil kilómetros de distancia. Era obvio que Katherine estaba protegiendo a su marido contra las exigencias de su hijo.

– Como comprenderás -continuó ella-, parece que no tenemos más alternativa que quedarnos en Guaymas dos o tres meses más.

– ¡No puedo esperar tanto!

– Me temo que no tienes elección, Noah. Todos los médicos coinciden en que tu padre está demasiado enfermo para soportar el viaje a Seattle. No podría hacerse cargo de la empresa de ninguna manera. Tendrás que esperar un poco más.

– ¿Qué hay de Sean? -replicó él, indignado.

Al ver que no obtenía respuesta, respiró profundamente y trató de sonar más calmado.

– Déjame hablar con Ben -añadió.

– ¿No has oído lo que te he dicho? Tu padre está descasando y no puede ponerse al teléfono.

– Necesito hablar con él. Esto no formaba parte del trato.

– Tal vez más tarde…

– ¡Ahora! -gritó, sin poder ocultar su exasperación.

– Lo siento, Noah. Te llamaré más tarde.

– No cuelgues…

Se oyó un clic al otro lado de la línea, y se cortó la comunicación.

Noah colgó el auricular furioso, se dio un puñetazo en la palma de la mano y soltó una riada de insultos contra su padre, pero sobre todo contra sí mismo. No entendía cómo había podido ser tan crédulo para haber aceptado dirigir la empresa mientras Ben se recuperaba de su ataque al corazón. Se había dejado llevar por la emoción y había tomado la peor decisión posible. No acostumbraba a dejar que los sentimientos influyeran en sus decisiones, y menos desde la última vez que se había dejado influir, dieciséis años antes. Sin embargo, se había dejado afectar por la salud delicada de su padre. Sacudió la cabeza ante su propia insensatez. Era un imbécil.



5 из 143