
Maldijo en voz alta.
– ¿Has dicho algo? -preguntó Maggie, entrando en el despacho con su eficacia habitual.
– No, nada.
Noah se desplomó en la silla de su padre y trató de aplacar su ira.
La secretaria esbozó una sonrisa cómplice y, mientras dejaba la correspondencia en la mesa, dijo:
– Mejor.
– ¿Qué es todo eso? -preguntó él, mirando los sobres con el ceño fruncido.
– Lo de siempre, salvo por la carta que está encima. Es de la compañía de seguros.
Creo que deberías leerla.
Noah lanzó una mirada de disgusto al documento en cuestión, pero suavizó la expresión al volver a mirar a Maggie. Ella notó el cambio, y no pudo ocultar su inquietud.
– ¿Podrías llamar a Betty Averili, de la oficina de Portland? -dijo él-. Dile que no volveré tan pronto como había pensado, y que envíe aquí todo lo que Jack o ella no puedan resolver. Si tiene alguna duda, que me llame.
– ¿Tu padre no va a volver cuando estaba previsto?
Normalmente, Maggie no se entrometía, pero aquella vez no lo había podido evitar. Últimamente, Noah había estado muy raro, y estaba segura de que era culpa del testarudo de su hijo. El chico tenía dieciséis años y no dejaba de causar problemas.
– Parece que no -contestó.
– O sea, ¿que te quedarás un par de meses?
– Eso parece.
– Si vas a quedarte al frente de Wilder Investments…
– Sólo temporalmente
Maggie se encogió de hombros.
– Es igual, de todas maneras deberías leer la carta de la compañía de seguros -dijo.
– ¿Tan importante es?
– Podría serlo. Tú decides.
– De acuerdo, le echaré un vistazo.
