De hecho, lo mejor que podía hacerse en mitad de la noche tras haber copulado con una chica así era marcharse.

El hombre se deslizó fuera de la cama, recogió sus ropas diseminadas por el suelo y empezó a vestirse.

Malhumorado.

Le deprimía esa hora de la madrugada, sucia, desteñida, con la noche muriendo y el nuevo día aún sin despuntar. Esa hora tan desnuda que no había manera de poder disfrazar el sinsentido del mundo.

Pablo Nopal era rico y era desdichado. La desdicha formaba parte de su estructura básica, como los cartílagos son parte de los huesos. La desdicha era el cartílago de su mente. Era algo de lo que no se podía desprender.

Como decía un antiguo escritor al que Pablo admiraba, la felicidad siempre era parecida, pero la infelicidad era distinta en cada persona. La desdicha de Nopal se manifestaba en una clara incapacidad para vivir. Aborrecía la vida. Por eso, entre otras cosas, le gustaban los androides: todos estaban tan ansiosos, tan desesperados por seguir viviendo. En cierto sentido le daban envidia.

Lo que había sostenido a Nopal en los últimos años, lo único que de verdad le entibiaba el corazón, era su búsqueda. Ahora pulsó su ordenador móvil, cargó en la pantalla la lista de androides y tachó a la chica guerrera de espeso pelo rizado con la que acababa de hacer el amor. Evidentemente, ella no era la tecnohumana que estaba buscando. Miró su perfil chato casi con afecto. Le había costado ganarse su confianza, pero ahora esperaba no tener que verla nunca más. Como era habitual en él, volvía a triunfar la misantropía.

La ventaja de tratar con muertos reps, pensó Bruna cuando entraba en el Instituto Anatómico Forense, era que no había que aguantar deudos llorosos: padres destrozados por el dolor, hijos anonadados por la brusca orfandad, cónyuges, hermanos y demás patulea familiar gimoteante.



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