Los androides eran seres solitarios, islas habitadas por un solo náufrago en medio de un abigarrado mar de gentes. O al menos casi todos los reps eran así, aunque había algunos que se empeñaban en creerse plenamente humanos y establecían relaciones sentimentales estables a pesar del merodeo de la muerte, e incluso conseguían adoptar algún niño, siempre criaturas enfermas o con algún problema, porque la temprana fecha de caducidad de los replicantes les impedía reunir los puntos necesarios para acceder a una adopción normal. En cuanto a su propia historia, pensó Bruna, en realidad había sido un error. Ni Merlín ni ella habían querido emparejarse, pero al final quedaron sentimentalmente atrapados. Hasta que llegó la inevitable desolación. Cuatro años, tres meses y veintisiete días.

Eran las tres de la madrugada y el lugar estaba desierto y espectral, sumido en una penumbra azulada. Había venido a esa hora tan tardía con la intención de coincidir con Gándara, el veterano forense, que trabajaba en el turno de noche y era un viejo conocido que le debía un par de favores. Pero cuando entró en el despacho anexo a la sala de disección número 1 se encontró con un hombre joven que contemplaba sin pestañear un holograma pornográfico. Al advertir su llegada, el tipo apagó la escena de un manotazo y se volvió hacia ella.

– ¿Qué… haces aquí?

Bruna pudo notar el titubeo, el respingo, el súbito recelo en la mirada. Estaba acostumbrada a que su presencia causara impresión, no sólo por el hecho de ser una tecno alta y atlética, sino, sobre todo, por el cráneo rapado y por el tatuaje, una fina línea negra que recorría verticalmente el cuerpo entero, bajando por su frente y por la mitad de la ceja y los párpados y la mejilla del lado izquierdo, y después por el cuello, el pecho, el estómago y el vientre, la pierna izquierda, un dedo del pie, la planta, el talón y de nuevo, ascendiendo ya a lo largo de la misma pierna pero por detrás, la nalga, la cintura, la espalda y el cogote, para terminar cruzando la monda redondez del cráneo hasta fundirse con la línea descendente y completar el círculo.



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