
Eran las tres de la madrugada y el lugar estaba desierto y espectral, sumido en una penumbra azulada. Había venido a esa hora tan tardía con la intención de coincidir con Gándara, el veterano forense, que trabajaba en el turno de noche y era un viejo conocido que le debía un par de favores. Pero cuando entró en el despacho anexo a la sala de disección número 1 se encontró con un hombre joven que contemplaba sin pestañear un holograma pornográfico. Al advertir su llegada, el tipo apagó la escena de un manotazo y se volvió hacia ella.
– ¿Qué… haces aquí?
Bruna pudo notar el titubeo, el respingo, el súbito recelo en la mirada. Estaba acostumbrada a que su presencia causara impresión, no sólo por el hecho de ser una tecno alta y atlética, sino, sobre todo, por el cráneo rapado y por el tatuaje, una fina línea negra que recorría verticalmente el cuerpo entero, bajando por su frente y por la mitad de la ceja y los párpados y la mejilla del lado izquierdo, y después por el cuello, el pecho, el estómago y el vientre, la pierna izquierda, un dedo del pie, la planta, el talón y de nuevo, ascendiendo ya a lo largo de la misma pierna pero por detrás, la nalga, la cintura, la espalda y el cogote, para terminar cruzando la monda redondez del cráneo hasta fundirse con la línea descendente y completar el círculo.
