Como es natural, cuando estaba vestida no se podía ver que el trazo se cerraba sobre sí mismo, pero Bruna había comprobado que la línea que parecía cortarle un tercio de la cabeza y que desaparecía ropa abajo producía un innegable impacto en los humanos. Además delataba su condición de rep combatiente: en la milicia casi todos se hacían elaborados tatuajes.

– ¿No está Gándara?

– Está de vacaciones.

El hombre pareció relajarse un poco al ver que Bruna conocía al forense titular. Era un joven bajo y fofo y tenía uno de esos rostros en serie de la cirugía plástica barata, un modelo escogido por catálogo, el típico regalo de graduación de unos padres de economía modesta. De repente se habían puesto de moda los arreglos faciales y había media docena de caras que se repetían hasta la saciedad en miles de personas.

– Bueno. Entonces hablaré contigo. Me interesa uno de los cadáveres. Cata Caín. Es una tecnohumana a la que le falta un ojo. Murió ayer.

– Ah, sí. Le hice la autopsia hace unas horas. ¿Era familiar tuyo?

Bruna le miró durante medio segundo, imperturbable. Un rep familia de otro rep. Este tipo era imbécil.

– No -dijo al fin.

– Pues entonces, si no es familia y no traes orden del juez, no puedes verla.

– No necesito hacerlo. Sólo querría que me dijeras cuál ha sido el resultado de la autopsia.

El hombre dibujó un gesto de exagerado escándalo en su cara de plástico.

– ¡Y eso mucho menos! Es información altamente reservada. Y además, si no eres de la familia, ¿cómo has podido entrar hasta aquí?



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